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jueves, 31 de julio de 2014

Entrevista a Manuel Cruz



Manuel Cruz: “Hay un déficit democrático en Cataluña”
Publicada en La Voz Libre el 31-07-2014.

Esta semana, entrevisto al autor del libro 'Una comunidad ensimismada: Diez años de escritos sobre Cataluña' (Catarata, 2014), que confiesa que en Cataluña "hay un déficit democrático".

Jordi Pujol ha confesado que tenía dinero sin declarar en un paraíso fiscal. ¿Cómo afecta esto al proceso independentista que estamos viviendo?

Lo debilita extraordinariamente sin ningún género de dudas. Es decir, creo que en Cataluña muchas veces no se hace el esfuerzo de entender el punto de vista del resto de ciudadanos españoles. Es una pérdida de capital político simbólico enorme. La figura de Jordi Pujol era muy respetada y valorada, incluso por aquellos que no compartían sus puntos de vista. Debilita no solo el proceso, sino la imagen misma de Cataluña. Desde los sectores nacionalistas se habla irónicamente de la marca España. Hay mucha gente que debería estar preocupada por la imagen de la marca Cataluña. El problema de identificarse con Cataluña es que en el momento en el que uno queda cuestionado eso salpica a la imagen del propio país.

¿Pascual Maragall ha sido la gran decepción del socialismo catalán y uno de los principales responsables de la furia independentista que hoy vive Cataluña con su iniciativa de redacción de un nuevo Estatuto?

La imagen que le correspondería a Maragall, más que la imagen del que inició un proceso, sería la del aprendiz de brujo. De alguien que desencadenó fuerzas que luego no estuvo en condiciones de controlar. Me sentí muy cerca del proyecto de Maragall en sus principios, antes de que él se presentara como candidato. Llegué a ser socio de una plataforma que se llamaba Catalunya Segle XXI. En ese momento, aquello de lo que hacía apología Maragall era de que Cataluña tenía que estar en el puente de mando de España, de que se tenía que hacer pedagogía del proyecto catalán. Si algo le reprocho es que no hiciera nada de eso. El proyecto de Estatuto no tenía nada que ver con ponerse en el puente de mando de España, sino que se basaba en establecer unas relaciones de bilateralidad. Y no se hizo en absoluto pedagogía, exceptuando algún artículo de Maragall donde hablaba de los vínculos sentimentales entre Cataluña y España. El proceso del Estatuto fue lo más antipedagógico posible, con la colaboración eficacísima del PP. Sirvió para hacer antipedagogía. Para mí la imagen es más la del aprendiz de brujo que la del instigador consciente.

En su libro menciona que hay miedo a expresarse en contra del nacionalismo por culpa de la presión social. ¿No le parece esto un síntoma de pésima calidad democrática?

Sí creo que hay un déficit democrático en Cataluña, expresión que uso en algún momento del libro. Una de las expresiones que se repiten últimamente en los sectores soberanistas, hablando del diálogo entre Mas y Rajoy, es que se tiene que hacerse sin líneas rojas, sin temas tabú. Hay que decir que en Cataluña hay temas tabú desde hace muchos años. Hay ámbitos que son un auténtico territorio minado y uno sabe que si pone el pie sobre una de esas minas puede estallar. Uno de esos temas son los medios de comunicación públicos catalanes, otro sería el modelo de inmersión lingüística, etc. Solo recordaré un ejemplo que uso en el libro: cuando alguien tan poco sospechoso de españolismo como Ernest Maragall planteó que hubiera una hora más de castellano en la enseñanza amplios sectores del socialismo pusieron el grito en el cielo porque decían que eso afectaba a la convivencia misma en Cataluña. Hay temas que no se pueden plantear porque la presión social lo impide. Eso en democracia no puede ser. Si hay cuestiones importantes que no se pueden plantear eso es efectivamente un déficit democrático.

Habla usted de una “homogeneidad que impide la crítica”. Sin embargo, esa supuesta homogeneidad es falsa, ya que la sociedad catalana es compleja y plural. ¿No le parece que el nacionalismo, cuyos seguidores hablan siempre del respeto a la diferencia, en realidad rechazan esa pluralidad dentro de Cataluña?

El planteamiento que se suele hacer desde el soberanismo es que hay algo homogéneo, que es el pueblo catalán. Ese es su supuesto. Entonces el pueblo catalán tiene sus características específicas, pero es una realidad homogénea, y son esas características las que tienen que ser respetadas en el ámbito mayor del Estado. Lo que hay que empezar a cuestionarse es esa idea de “pueblo catalán”, que es un concepto poco republicano. Existe la sociedad catalana, la ciudadanía catalana, los ciudadanos catalanes y hay que acoger la pluralidad. Pero una pluralidad en toda la gama. Lo que no puede ser es que solo haya pluralidad si se acepta un determinado planteamiento y fuera de ese planteamiento sean las tinieblas exteriores, no se pertenezca al pueblo catalán. Esas son las condiciones previas que dan lugar al déficit democrático.  

El tema de la lengua se menciona en varios de sus artículos. En uno de ellos señala el escaso dominio del castellano de algunos de sus alumnos de la Universidad de Barcelona. ¿Está usted a favor o en contra del sistema de inmersión en catalán que se practica en la enseñanza no universitaria?

Lo que se llamaba la discriminación positiva tiene siempre un objetivo, que es corregir una situación de partida desequilibrada. Por tanto, las discriminaciones positivas, sean las que sean, están fechadas. En el momento en que esa falta de equilibrio inicial se ha corregido deja de tener sentido. Si hacía falta un apoyo a la lengua catalana porque partía de una inferioridad, de una injusticia histórica, pues hágase. Lo cuestión es si hoy en día es necesario esto. Hay que cuestionarse el límite temporal de la inmersión y extraer las lecciones de la aplicación de este sistema. No podemos dar por sentado que debe haber inmersión lingüística en cualquier caso. Que sea o no un modelo de éxito es algo que hay que acreditar. Hay gente de trayectoria impecablemente catalanista que ha dicho, por ejemplo, que la sociedad no es homogénea desde el punto de vista lingüístico y que debemos adecuar la inmersión a esta pluralidad. En zonas de la Cataluña profunda donde el catalán es predominante allí no hay ningún desequilibrio que corregir. El argumento de que el castellano es muy fuerte y de que los niños ya lo aprenden en la calle es insostenible. En Madrid no necesitarían estudiar castellano o en Inglaterra inglés porque ya lo aprenden en la calle. No se estudia solo el uso de la lengua y eso en la calle no te lo van a dar. Si a los niños se les enseña poco castellano el castellano que manejarán será deficiente. Es obvio. No se puede mantener el mismo discurso que hace cuarenta años con todo lo que han cambiado las circunstancias. Eso no puede ser.

¿El nacionalismo es el peronismo a la catalana? Es decir, ¿fuera del nacionalismo no hay nada, solo el españolismo rancio y casposo, como dicen algunos?

Ese es un mensaje que como una fina lluvia insistente ha estado proyectándose sobre la sociedad catalana. Cada día uno puede abrir el periódico y encontrarse frases del tipo: quienes no están a favor del proceso están a favor de la España una, grande y libre, es decir, la España franquista. Ese es un mensaje que se sigue repitiendo de tal manera que personas que nos definimos de izquierdas, como federalistas, críticos con el soberanismo a menudo el reproche que recibimos es que usted en el fondo es de derechas, un españolista. Uno de los supuestos fundamentales del discurso nacionalista es que todo el mundo es nacionalista, de uno u otro tipo. El que dice que no es nacionalista lo es, solo que no lo sabe. Esto pretende mostrar que todos somos lo mismo y que no hay ningún lugar superior: tú eres tan pecador como yo. Hay opciones distintas al nacionalismo español y al nacionalismo catalán.

Es usted el presidente de Federalistes d’Esquerres. ¿Cree que la opción federal conseguiría acabar con el problema del nacionalismo periférico?

A estas alturas del partido esperar que pueda terminar con el nacionalismo me parece excesivo. Puede encauzar, sosegar un poco los ánimos, dar satisfacción durante un tiempo a amplios sectores de la sociedad catalana, eso sí. En Quebec la Ley de Claridad (que permitía al Gobierno federal negociar la secesión de una provincia), seguida de toda una serie de iniciativas para intentar reconstruir las relaciones entre los ciudadanos del Quebec y el resto de ciudadanos canadienses, sirvió para rebajar la tensión durante décadas. Aunque en Quebec sigue habiendo entre un 20-30% de independentistas, cifra que repunta en épocas de tensión con el Gobierno federal. Es decir, hay que resignarnos a un cierto porcentaje de independentistas, aunque sería algo llevadero, no lo que hay ahora.

Afirma en uno de sus artículos que para ser nacionalista “no hace falta haberse leído un solo libro”, ya que esta ideología apela a un sentimiento. ¿No cree que todo nacionalismo, con las etiquetas que le pongamos, es un error?

La frase no es mía, sino de un prestigioso científico social catalán muy de izquierdas. La cuestión es: ¿es un error por qué apele al sentimiento? No necesariamente. El problema no es el sentimiento, sino lo que oculta el sentimiento. Hay sentimientos absolutamente razonables. El problema es que el sentimiento en el discurso nacionalista cumple una función de oscurecer la racionalidad del debate. El nacionalismo, a partir de determinadas consignas, agita los sentimientos. Si los elementos de su discurso fueran razonables alguien podría decir que esos sentimientos son justos. El problema es que muchas veces no se corresponden con la realidad. Por ejemplo: acabamos de saber que hay una forma de contar el déficit fiscal de Cataluña con el resto del Estado que resulta que no es la que durante muchísimo tiempo se nos había dicho. Con los viejos números el sentimiento de agravio a lo mejor está relativamente justificado. Pero si los números no son correctos, ¿qué pasa con ese sentimiento? Lo mismo sucede con las autopistas, que podrían haber sido rescatadas y la Generalitat no quiso hacerlo. Si los datos no son veraces se agita un sentimiento a partir de algo que no es correcto. Se nos está engañando. Muchas veces el sentimiento sirve para no explicar o no argumentar las cosas.

Hace unos meses tuvo que sufrir en sus carnes las burlas de Empar Moliner después de denunciar en TV3 su falta de pluralidad. ¿Es este un ejemplo de una sociedad democráticamente enferma donde se criminaliza la discrepancia?

A ese episodio le doy una importancia relativa. No quisiera que los árboles no nos dejaran ver el bosque y que las gracietas de la señora Moliner nos distrajeran de lo fundamental. No me quejé de no ir a TV3, sino de su falta de pluralidad. En el momento en que se me estaba entrevistando, no al día siguiente en la intervención de Empar Moliner, las imágenes que se estaban poniendo de fondo entraban abiertamente en contradicción con lo que yo decía. Eso, desde el punto de vista de la deontología profesional, es absolutamente inadmisible. Tú no puedes invitar a alguien a que defiende la tesis A y, mientras él está hablando, ponerle una manifestación de centenares de miles de personas que defienden la tesis B. Esa es una forma de decir que lo que dice este señor es una auténtica locura, que está solo, que no se entera de la realidad. Eso es mucho más sutil y premeditado. Además, no fui yo el que planteé en ese programa la cuestión de los medios de comunicación, quien centró mi entrevista en ese tema fue la presentadora. Incluso en un momento dado yo dije que eso no era lo más importante que debíamos hablar. Esto está a la orden del día en la televisión catalana y forma parte, sin duda, del déficit democrático que antes he señalado.

¿Por qué los partidos políticos de izquierdas catalanes se han sumado a ese unanimismo nacionalista?

Hay un hecho que hoy cobra gran actualidad, que es el episodio de Banca Catalana. Eso es presentado en Cataluña como una operación del españolismo de izquierdas para derribar a Pujol y para atacar a Cataluña. Se produjo una reacción masiva enorme que atemorizó extraordinariamente a los sectores de izquierda. Desde aquella fecha en las campañas electorales el reproche que se dirige a cualquier partido no nacionalista es: tú eres un sucursalista, tú eres un españolista, etc. Todos los partidos se sienten obligados a demostrar que son tan catalanes como los demás. Eso hace que acaben perdiendo la iniciativa política. Ahora pasa exactamente lo mismo. Sectores de izquierdas no están de acuerdo con la deriva soberanista, pero tienen miedo de quedarse en minoría. De ese proceso los partidos progresistas no están obteniendo ningún rédito.

¿Cómo valora la postura que ha tenido el PSC en el tema de la consulta?

Creo que ha tenido una actitud muy dubitativa. Pere Navarro dijo que estaban a favor de una consulta legal y acordada y que en esa consulta votarían que no. Inmediatamente después, cuando hay las elecciones autonómicas, el PSC vacila. Llega a decir algo tan sorprendente como que se abstendrán en cualquier iniciativa que tenga que ver con el proceso soberanista, que no pondrán palos en las ruedas. Eso era muy confuso. Más adelante por fin Pere Navarro dijo no iban a aceptar esas propuestas. Esa rectificación llegó un poco tarde y contribuyó a esa imagen dubitativa. El matiz que ha añadido Iceta me parece interesante, en el sentido de que es clarificador, ya que plantea discutir sobre otra pregunta.

Usted afirma que todo el proceso independentista que estamos viviendo le permite a Artur Mas rehuir cualquier tipo de crítica a su gestión. No obstante, las encuestas vaticinan un desplome electoral de los convergentes. ¿Cuál será el futuro de CiU: volver a la senda de la moderación o seguirán en ese camino separatista que tanto daño les ha hecho?

Lo lógico sería que Mas hiciera aquel tipo de cosas que le permitieran recuperar todo ese electorado que se les está yendo. Por ejemplo, Rubalcaba se va por la pérdida de votos en las elecciones europeas. En CiU pierden votos, pero dicen: Esquerra ha subido, por tanto, estamos contentos. Un sector de Convergencia parece que ha pasado de pensar en términos de partido a pensar en el proceso en su conjunto. Aunque ellos hayan perdidos votos éstos se los ha llevado Esquerra y, debido a esto, no les importa perder. Es sorprendente. Además, eso condena a muchos alcaldes y concejales a perder y no creo que se contenten porque Esquerra suba. No veo que se esté tomando ninguna medida para corregir esa sangría de votos y Mas no parece dispuesto a pegar un volantazo y cambiar su deriva.

Recientemente se ha creado en Cataluña Societat Civil Catalana para hacer frente a ese homogeneismo nacionalista que usted denuncia. ¿Cómo valora este intento de dar voz a los catalanes no nacionalistas?

Veo bien la existencia de SCC, aunque hay otros colectivos que existen hace tiempo. Todo lo que contribuya a que sectores que hasta ahora se sentían silenciados por no estar de acuerdo con la deriva independentista hagan pública su sensibilidad es bueno para la higiene democrática. Lo que es malísimo es identificar a la derecha con el españolismo, y al españolismo con el fascismo. Me parece también muy mal hablar del soberanismo como si fueran nazis. Pero en Cataluña se ha utilizado con una enorme alegría y ligereza el término “facha”. No se puede decir que alguien, por ser de derechas, es un facha. Aquí se habla del franquismo como si fuera una realidad viva. Me parecen mal muchas leyes del PP, pero son leyes de gente conservadora que las está llevando a un parlamento en el que tienen una mayoría absoluta. Todo lo que sea dar voz a la ciudanía me parece positivo. SCC no entra en contradicción con otras asociaciones. Ellos dicen que están en contra del independentismo. A partir de ahí en las propuestas que se hagan ellos ya no entran.

Última pregunta: ¿Cataluña es una comunidad ensimismada? Explíquenos el título de su libro.

Quien mejor representa el ensimismamiento al que me refiero es el propio presidente Mas cuando dice: el mundo nos mira. Los medios de comunicación catalanes parecen empeñados en trasmitir la imagen de que nada hay más importante que el proceso y, por supuesto, que el mundo por entero está pendiente de él. La racionalidad y la autocrítica desaparecen.  
 
 

lunes, 28 de julio de 2014

Entrevista a Josep Ramon Bosch


Bosch (Societat Civil Catalana): 'A Cataluña le ha ido muy bien con el resto de España y le irá todavía mejor'

Josep Ramon Bosch
Entrevista publicada en La Voz Libre el 28-07-2014.
El filósofo y escritor Roberto Augusto entrevista a Josep Ramon Bosch, presidente de Societat Civil Catalana.

¿Qué es Societat Civil Catalana?

SCC es un grupo de personas de distintas sensibilidades ideológicas. Gente que procedemos del centro derecha liberal o de la izquierda, y de la extrema izquierda, que hemos decidido que lo que nos une es que somos catalanes y nos sentimos españoles. En nuestra asociación hay muchos que proceden de fuera de la política, del mundo del bilingüismo, de la lucha por los derechos de los castellanohablantes o gente que procedemos del catalanismo. Es decir, somos personas que formamos parte de la sociedad civil y que hemos decidido unirnos para combatir el independentismo, dar voz a los no independentistas, y para dar un mensaje positivo de lo que es España.

Algunos podrían acusarles de ser la versión españolista de la Asamblea Nacional Catalana (ANC). ¿Qué les diría a los que piensan esto?

Este es un discurso recurrente. Nosotros no somos la antítesis de la ANC porque ésta surgió de unas estructuras de poder y financiada por la Generalitat o empujada de manera muy clara por ella. Nosotros hemos surgido desde la calle. No hemos tenido ninguna ayuda y no la estamos teniendo. Nosotros no estamos a favor de un proceso ilegal sino que estamos para mantener la legalidad. Esas ya son suficientes diferencias.

El mundo del independentismo lleva años organizado y fuertemente movilizado. Llama poderosamente la atención que las entidades contrarias a la independencia hayan tardado tanto tiempo en unirse bajo un mismo paraguas. ¿A qué achaca esta división del mundo no nacionalista en Cataluña?

Pues a treinta y cinco años de adoctrinamiento de los catalanes. A treinta y cinco años de hacer buenos y malos catalanes. A treinta y cinco años de insultar de forma continuada desde las instituciones, desde los colegios, desde el mundo del deporte, a todos los que se sentían catalanes y, al mismo tiempo, españoles. Eso ha provocado que los catalanes que nos sentimos españoles no nos hayamos visibilizado para no parecer malos catalanes. Esto es básicamente lo que ha pasado. Ha llegado un momento en el que la presión nacionalista-independentista ha traspasado una serie de fronteras que todos creíamos inviolables. Ante la falta de reacción del Gobierno de España, no de éste, sino de todos ellos, hemos decidido un grupo de catalanes, pequeño ahora, pero que será muy numeroso, salir y plantear una batalla democrática y de comunicación decididos a ganarla.

¿Qué cree que sucederá el próximo 9 de noviembre, fecha en la que está convocada la famosa consulta separatista que pretende hacer el presidente Artur Mas?

Nada. No pasará nada. Es decir, no habrá una consulta legal. Por tanto, creo que debemos estar muy tranquilos el 9 de noviembre. El problema viene a partir del 10 de noviembre. Puede ser que la ANC decida seguir adelante el día 9 con su hoja de ruta y que saquen las urnas y que hagan la gran charlotada de votar, que vote una cantidad importante de gente y que todo sea una fiesta. Quizás algunos radicales intenten asaltar las plazas o algún edificio, cosa que no preveo. Puede haber cierta agitación. Después del 9 de noviembre simplemente viene el 10 de noviembre.

¿Está usted a favor o en contra de que se pueda hacer una consulta sobre este tema al pueblo catalán?

Siempre que se pueda votar estoy absolutamente a favor. Los catalanes nos autodeterminamos siempre que votamos. Ahora bien, es cierto que la población catalana ha sido fuertemente adoctrinada en la idea de que votar es democrático y de que tienen derecho a ser consultados sobre su futuro. Ante esta tesitura es muy difícil argumentar porque ya te tachan de antidemócrata o de fascista. La carga de la prueba se la tenemos que pasar a los independentistas, ya que son ellos los que no nos dejan votar a todos. Ellos quieren romper España pero no quieren que voten todos los españoles. Son ellos los antidemócratas y no nosotros. Quiero que votemos todos los españoles juntos. Ese es el punto principal donde debemos presentar nuestra batalla.  

¿No le parece que desde las instituciones del Estado central se ha abandonado a su suerte, al menos hasta ahora, a todos aquellos que no estamos de acuerdo con los planteamientos nacionalistas-independentistas?

España ha abandonado a los catalanes. No hay ninguna duda. Lo que ha pasado es gravísimo. Se ha abandonado la educación y las instituciones. Ha habido una retirada absoluta de España en Cataluña. Jordi Pujol lo tenía muy claro: avui paciència, demà independència [hoy paciencia, mañana independencia]. Francesc de Carreras en Paciencia o independencia, un libro que recomiendo, explica muy bien la vía catalana: una vía de romper España con distintas estaciones. Y ahora ese camino llega a lo que ellos creen que es su punto final: la independencia. La culpa no es de los independentistas. La culpa es de los Gobiernos de España, que nos han dejado abandonados a nuestra suerte.

Muchas personas en Cataluña, algunas no nacionalistas, piensan que viviríamos mejor si fuéramos independientes. ¿España nos roba como dicen algunos?

Eso es una barbaridad. Es una frase delictiva pronunciada, además, por gente muy bien asentada y apoltronada en algunos despachos de consejos de administración de grandes corporaciones españolas, de empresas mundiales, que han acusado al resto de españoles de ladrones. Esto es gravísimo y hay que denunciarlo. Cataluña no es distinta al resto de España en cuanto a corrupción. Pero aquí sí que ha habido un estricto sometimiento de la prensa, ya sea la pública o la privada, en el afán de presentar a España como un país corrupto, antiguo, como un país donde las instituciones han perdido sentido, donde la monarquía es lo que hemos visto todos, donde los partidos políticos solo buscan poder y dinero, como si aquí no existiera un oasis putrefacto y mal oliente. Basta con recordar que el principal partido de gobierno en Cataluña tiene la sede embargada por una serie de procesos judiciales. Pero de esto no se habla. Efectivamente, España no nos roba: nos compra y nos quiere. Hemos estado conviviendo muchísimos años juntos. Antes de ser catalanes, los catalanes ya éramos españoles. Es una barbaridad intentar diferenciar Cataluña de España como si fueran dos realidades distintas. Este es el mensaje que queremos hacer llegar a la gente: con el resto de España a Cataluña le ha ido bien, le está yendo bien y le irá mejor.

Hace pocas semanas, en una tertulia de TV3, se les ha calificado de “quintacolumnistas”, es decir, como traidores vendidos al enemigo español. ¿Cómo valora el papel de los medios públicos de comunicación en Cataluña?

Realmente es muy triste que TV3, que nos cuesta 400 millones de euros, que es una televisión pública que debería hablar de todos los españoles y de todos los catalanes, se dedique únicamente a hablar de la independencia. El otro día el motivo de apertura de un telenoticias era que un click de Playmóvil había sido lanzado a la estratosfera con una bandera independentista catalana. Una noticia absolutamente estúpida pero que servía para seguir hablando de la independencia. Se llega hasta estos extremos ridículos. Es demencial que en una tertulia de TV3 cinco tertulianos de distinto pelaje ideológico se dediquen durante diez o doce minutos a insultar a miembros de SCC, que la presentadora no haga nada para defendernos, les deje hablar y, además, se sienta ofendida porque decimos que hemos sido insultados. Los independentistas durante meses han querido comparar a Cataluña con Ucrania, ahora no porque la cosa está más complicada, y a los quintacolumnistas en Ucrania los fusilan.

¿Qué consecuencias económicas tendría una hipotética independencia de Cataluña?

No soy economista, aunque en SCC tenemos muchos economistas de primer nivel, como Clemente Polo o Ferrán Brunet, por citar algunos. Hay otros catedráticos que nos apoyan, pero que no quieren dar el paso de decirlo públicamente por las posibles consecuencias represoras que eso puede tener. Lo que puedo decir es que el principal negocio de Cataluña es venderle al resto de España. Nosotros exportamos más a Aragón que a Alemania. Ese ya es un dato lo suficientemente importante para entender que la ruptura de España será muy complicada. Dicho esto, por ejemplo, los miembros del Colectivo Wilson, dicen que la independencia nos hará más ricos porque la ruptura con España al final será amistosa y los españoles nos seguirán comprando cuando ellos saben perfectamente que esto no es así. Quieren vender una maldad como si fuera una bondad.

¿Cataluña es una nación?

Ahora voy a hablar como Josep Ramón Bosch, no como presidente de SCC, ya que en nuestra asociación hay muchas sensibilidades. Creo que Cataluña es una nación cultural, que forma parte de una comunidad de habla catalana, que no solo es el principado, sino que engloba otras zonas dentro del Reino de España, y que está integrada dentro de la nación política española.

¿Qué opinión le merece el nacionalismo como ideología?

Este nacionalismo identitario del Volkgeist es absolutamente nocivo y destructivo. Una cosa es creer en una comunidad cultural lingüística a la que perteneces, a la que yo pertenezco, y otra cosa es ese sentimiento español que es un sentimiento de ciudanía, integrador, que no tiene nada que ver con ese nacionalismo casi racista que es el nacionalismo separatista.

Usted es historiador de formación. ¿No cree que una de las peores perversiones nacionalistas es la manipulación de la historia para adaptarla a un relato sesgado y manipulador del pasado que responde a intereses partidistas?

Sí. Mi historia dentro de los movimientos pro hispanos y antiindependentistas nació hace justo un año cuando, con otros compañeros que también son historiadores, decidimos crear una asociación que se llama Som a temps después de asistir a una conferencia de un diputado de CiU que decía que debíamos inventarnos los mitos para fomentar el tricentenario de 1714. Hicimos una serie de reuniones y simposios. Saltaron todas las alarmas cuando hicieron el simposio Espanya contra Catalunya, que fue promovido y subvencionado por la Generalitat. A partir de ahí intentamos dar la batalla histórica. La falsificación de la historia es el gran argumento del nacionalismo separatista y ahora esto se visibiliza con el famoso tricentenario 1714-2014.

Dentro de la asociación hay personas de izquierdas y de derechas, monárquicos y republicanos, federalistas y centralistas, gentes de muy variado espectro ideológico y político. ¿Cómo se mantendrá una unidad de acción en medio de planteamientos tan dispares y contrarios entre sí?

Pues porque somos españoles. Cuando hubo la guerra de la independencia, usted sabe que se juntaron las juntas españolas: gente progresista, liberal o conservadora que ante el ataque de un país extranjero que nos quería destruir decidieron unirse. Pues estamos en la misma tesitura ahora. Gente de izquierda, como Joaquim Coll, militante del PSC y de CC. OO., que procede de una izquierda ilustrada; y gente como yo, que me defino como de centro derecha liberal; nos hemos puesto de acuerdo en el punto número uno: somos catalanes y nos sentimos españoles. Y ante esto todo lo demás es absolutamente secundario.

Desde el mundo nacionalista se les acusa de no ser representativos, de ser irrelevantes. El próximo 11 de septiembre pretenden reunir a miles de personas en Tarragona en una manifestación contraria a la independencia. ¿Será ese el bautismo de fuego de SCC?

El bautismo de fuego lo tuvimos ya hace un mes y medio cuando creamos SCC en el Valle de Arán, que fue el primer punto de inflexión en la lucha contra el independentismo. Además, lo hicimos allí porque nosotros queremos mantener unida Cataluña, porque los araneses tienen muy claro que en caso de independencia ellos son araneses y españoles. Lo hicimos en ese lugar precisamente para demostrar que estamos a favor de la unidad de Cataluña y, por lo tanto, a favor de la unidad de España. Hemos hecho muchos actos en Tortosa, Tarragona Badalona, etc. Sí, es cierto que será el acto más vistoso después de la presentación que hicimos el 23 de abril en el Teatro Victoria, donde reunimos varios cientos de personas y muchos se quedaron fuera sin poder entrar. Nosotros no pretendemos hacer un acto multitudinario en Tarragona y demostrar que somos mejores que otros. Queremos hacer un acto moderno, histórico, visual, plástico, de denuncia de la perversión de la manipulación y, además, queremos hacer un acto positivo, de futuro, donde estemos todos los catalanes que no queremos que nuestro país se rompa. Queremos luchar por la libertad de todos los españoles, igual que en 1714. 

¿Qué le parece la forma cómo Mariano Rajoy está afrontando este desafío independentista?

Tengo una sensación agridulce. Es cierto que Mariano Rajoy, el presidente del Gobierno, no ha echado gasolina al fuego, que es lo que buscaban los independentistas. Ha intentado siempre rehuir el enfrentamiento frente a un problema que no era el problema de España, sino algo que han provocado los independentistas. En este sentido lo ha hecho muy bien. Pero sí que he echado de menos una presencia del Estado, un discurso sentimental y de apoyo. También propaganda en contra del independentismo. Así se lo hice saber al presidente del Gobierno. Me sorprendió, además, agradablemente porque tenía la impresión de que desconocía el problema catalán o que lo miraba con cierta laxitud, con cierta distancia. Encontré a un hombre profundamente documentado, bien informado, con las ideas claras, teniendo muy claro que no va a saltarse la legalidad, lo cual me tranquilizó muchísimo. 

Y para finalizar: ¿por qué Cataluña debería seguir en España?

Cataluña no debe seguir en España, Catalunya és la millor terra d’Espanya.

Roberto Augusto y Josep Ramon Bosch

viernes, 18 de julio de 2014

Podemos: una grave amenaza para la democracia


Pablo Iglesias, líder de Podemos

Artículo publicado en La Voz Libre el 18-07-2014.

Cuando la gente deja de creer en el sistema y en los partidos tradicionales pueden surgir figuras carismáticas que prometen arreglarlo todo mágicamente. Las democracias decadentes suelen degenerar en dictaduras populistas y demagógicas o en gobiernos que son peores que aquello que criticaban.
Podemos no es parte de la solución: es solo un síntoma del problema. La corrupción y la incompetencia absoluta de los partidos políticos españoles ha hecho que muchas personas, ingenuamente, hayan creído que este nuevo actor político va a traernos la regeneración democrática que todos deseamos. Se equivocan completamente. Si la formación de Pablo Iglesias llegara a gobernar España algún día, cosa que espero que nunca suceda, nos hundiríamos todavía más en la montaña de basura sobre la que nos encontramos. Pablo Iglesias como presidente nos traería la ruina económica, la fragmentación del Estado y el caos en pocos años.

Las propuestas de Podemos, algunas de ellas lógicas y deseables (por ejemplo, acabar con el aforamiento de los diputados), se mezclan con ideas imposibles que parecen más propias de una tertulia de café que de un programa de gobierno. Es muy bonito prometer una jornada laboral de 35 horas, la jubilación a los 60, una renta básica universal, ampliar el permiso de paternidad y un apartamento en la playa para cada español. Por prometer que no quede. ¿Y cómo pagamos todo eso? Fácil: le quitamos el dinero a los ricos y se lo damos a los pobres. ¿Cómo a nadie se le había ocurrido eso hasta ahora? Lo que olvidan los partidarios de Podemos es que el capital y las empresas no tienen fronteras. Y que llevarte tu negocio o tu dinero a otro país es algo que nadie puede evitar.
Otro aspecto que me resulta inquietante de Podemos es el caudillismo que desprende su líder Pablo Iglesias. Un aspirante a Hugo Chávez español y aprendiz de brujo que está jugando con fuego. Los personalismos en política son un grave error. Un país serio lo que necesita son proyectos sólidos y creíbles, una población formada y una democracia saneada. Alemania o Francia deberían ser nuestro modelo, no la Venezuela del chavismo o la Cuba decadente de los hermanos Castro.
 
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